Por Mariapia Pilolli
La presentación de “Malditas pumas” en un teatro repleto e con un público caluroso y empático ha sido un comienzo electrizante para el FAE 2026. La coreógrafa y bailarina española Sol Picó nos cuenta con mucha honestidad y gracia una “historia autobiográfica colectiva”… porque abarca los sueños, las aspiraciones, los éxitos relativos y las desilusiones que son patrimonio de la gran mayoría de género humano.
Con técnicas y narrativa típicas de la danza contemporánea, Sol Picó se muestra, sin escatimarse, en toda su humanidad dolorida y al mismo tiempo orgullosa, segura de sus sueños y pasiones. La escenografía esencial, la presencia constante de las ondulantes plumas blancas, el canto vigoroso de su compañero de escena, los monólogos coloquiales, la autoironía, todo contribuye a que el espectador se sienta parte de un discurso creíble y reconocible. La niña no llegará a ser la vedette de primera fila de sus sueños, pero creció, claro que creció, hasta tener pensamientos profundos sobre la muerte y el destino.
Además de la solvencia de la Picó como coreógrafa y bailarina, me ha llamado la atención un elemento que pudiera parecer marginal, pero que en mi concepto no lo es en absoluto. Su vestuario, en las diferentes escenas, ha puesto a la vista un cuerpo que, a pesar de ser en general todavía en forma, muy ágil y flexible, muestra sin embargo los signos inevitables de la edad. Muy sencillo hubiera sido, por ejemplo, utilizar una malla color carne para cubrir unas rodillas no exactamente de veinteañera.
¿Por qué no lo ha hecho? Para mí por una elección muy consciente, valiente y significativa: en un mundo en el cual se privilegia la belleza plástica, cuando las mujeres (y los hombres) gastan lo que no tienen para tratamientos a veces solamente “deformantes”, cuando los cuerpos considerados bellos presentan volúmenes exagerados de barracón de circo… ella decidió mostrar sus rodillas verdaderas, las mismas que tienen todas las mujeres a su edad, porque la edad no es una vergüenza, y la belleza cambia, pero aquella verdadera ¡no se va con los años! Me pareció, y la celebro, como una elección auténticamente feminista. ¡BRAVA Picó!
También me encantó que, en una boutade claramente improvisada, viendo en tercera fila una muchacha en zapatillas, haya dicho “No se viene al teatro en zapatillas”…
¡Yo la hubiera aplaudido de pie!
Para mí el teatro es el templo de Sófocles, de Shakespeare, de Molière, de Goldoni, de Brecht, de Tennessee Williams, de Pirandello, de Dario Fo … y también de mi entrañable amigo Roberto Díaz Gomar!…
No importa no asistir a la “Prima della Scala”; también en un teatro, por cierto muy hermoso, como el Teatro Nacional de Panamá, hay que ingresar con respeto, con admiración, para las mujeres y los hombres, desde los más humildes hasta lo más encumbrados en gloria, que cumplen extenuantes turnos de trabajo, pruebas y ensayos agotadores; que sufren dudas y titubeos, dificultades monetarias no indiferentes, y cumplen sacrificios de todos tipos (no últimos delegar a segundo plano la propia serenidad y felicidad familiar) con tal de llevar a escenas su Verdad Poética, con tal de enamorar e involucrar al público en un discurso en el cual creen firmemente, con tal de sembrar semillas de concientización, denunciar las injusticias, o gritar al mundo su inconformidad con las fealdades y podredumbres esparcidas por la Tierra.
Así que creo, por ridículo o superficial esto pueda parecer, que a teatro es correcto ir, en los límites de las propias posibilidades, vestidos de manera “elegante” y formal, aun teniendo presente, claramente, que los parámetros de elegancia y formalidad han cambiado. Un doble ¡BRAVO! para Sol Picó.